Con esta página quiero compartir con vosotros mi afición por la escritura, y en general, cualquier actividad literaria con la que haya tenido relación. Espero vuestras críticas y comentarios. Pero sobre todo, lo que quiero es que disfrutéis leyendo estos textos. Además quiero recomendaros libros y autores que forman parte de mi vida.
jueves, 6 de febrero de 2025
lunes, 3 de febrero de 2025
Todos a Fitur
TODOS A FITUR 26.01.2025
Me parece estupendo que se celebre la Feria Internacional de Turismo. Y ya van casi cincuenta años. Soy consciente de la importancia del sector en nuestra economía. No hay nada más que ver el relieve del tema en las redes sociales y los medios de comunicación estos días. Pero debido precisamente a eso, cambiaría el sentido de la R final del acrónimo. Fitur para mí sería “Feria Internacional de Turismo Reflexivo”. Por esto, quiero compartir algunas reflexiones e interrogantes sobre este tema.
Entiendo que sea un escaparate excepcional pero ¿debemos ir todos? ¿Tantos? Probablemente los 97 pueblos de Jaén tengan su espacio y por allí van a pasar un puñado de representantes municipales de cada uno de ellos. Como en la inauguración de las rotondas. Más todos los museos, cofradías, restaurantes, fiestas, vinos, aceites,... Un “todo” donde se corre el riesgo de que “nada” destaque. Quizás sería mejor turnarse y que unos años fueran unas comarcas y otros, otras y así quizás se ganaría en visibilidad pero entonces sería como un cumpleaños por turnos.
Andalucía cuenta con el pabellón más grande: 7200 metros cuadrados, setecientos más que en 2024. Si sigue aumentando, cualquier año llegará casi al límite de Despeñaperros y podrán visitar la Andalucía real. Si este despliegue lo multiplicamos por todas las comunidades autónomas es probable que en Ifema haya tanta información que realmente lo que se consiga sea desinformar. No es posible concentrar ni prestar atención a la mayor parte de los pueblos de España además de los stands de otros países.
Me da la impresión de que es una fiesta donde nuestros representantes van a hacerse la foto junto a quien interesa en ese momento, aplaudir épicas performances y disfrutar a costa de los ciudadanos con la excusa de exaltar el terruño. No entiendo que vayan alcaldes que descuidan el patrimonio, que no tienen infraestructuras ni luchan por ellas. En algunos casos, incluso lo que fomentan es el deterioro, p.ej. macrogranjas, industria contaminante, vertederos, monumentos abandonados o expoliados, etc. Espero que estas visitas a Madrid sirvan para aprender de la gestión ejemplar de otros sitios. Creo que falta cultura turística y empresarial. Hay pueblos en los que, por muy pintorescos que sean, no hay buenas comunicaciones ni recursos ni táctica ni estrategia. Alguna vez he llamado por teléfono demandando alojamiento turístico y la respuesta ha sido: “No sé el precio”, “No sé si estará libre”, “Eso lo lleva mi marido”,... En cuanto a gastronomía, salvo nuestras honrosas excepciones, también hay sitios en los que es difícil alejarse de la carta tradicional, de la sillas y mesas con publicidad, del mantel de papel y del camarero poco profesional. O simplemente lo que falta en un pueblo de sierra es un buen mesón. A este país de camareros todavía le falta mucho para ofrecer turismo de calidad. Me alegraría sin límite si esas docenas de empresarios andaluces trajeran negocios que hicieran a Andalucía más próspera y no solo sirvan a intereses puramente económicos y demasiado lejanos a nuestra tierra.
Esto me lleva a otra pregunta: ¿Qué tipo de turismo queremos? ¿Ciudades como parques temáticos masificados que hacen las ciudades inhabitables y empeoran la calidad de vida de los lugareños? Por no hablar de los pisos turísticos. Esto no es nada nuevo. Las numerosas visitas a la última casa en la que habitó Shakespeare hicieron que en el siglo XVIII uno de sus vecinos se hartara y la quemara hasta los cimientos. Lo echaron del pueblo pero se quedó tan a gusto. Y hay mucha gente que cree que hay que replantear el tema, reflexionar sobre él y evitar el turismo masificado y dañino con el que perdemos aunque creamos ganar.
Y lo que hay en el fondo de todo: ¿Dónde queda el medio ambiente? Me temo que donde se instala el dinero, nos olvidamos de ese tema. Para mí, eso no es amar ni esta ni ninguna tierra. Ojalá que en una provincia emergente y con muchas posibilidades a nivel turístico como es Jaén en la que el turismo de naturaleza es tan significativo, se crezca sin perder el norte ni el equilibrio, cuidando todo lo saludable para compartirlo y disfrutarlo los que estamos con quienes vengan.
sábado, 11 de enero de 2025
Parafernalia navideña
PARAFERNALIA NAVIDEÑA 31.12.2024
Es probable que cuando se publique este artículo, ya hayamos alcanzado unas cotas importantes de empacho festivo. El empacho, además de altas dosis de azúcar, tiene como ingredientes estrés consumista, hipocresía en las relaciones personales, móviles saturados de tonterías, excesos de todo tipo y demasiado brillibrilli falso. En las ciudades se rivaliza por poner más cantidad de luces, aunque sea siempre en las mismas calles. Y allá vamos todos a ciegas a ver las luces aunque nos falte la Luz.
Este año la supuesta Navidad comenzó en medio del lodo de la dana que también olvidamos demasiado pronto como Ucrania o Palestina u otros infiernos. Eso no queda bien en la alegría de nuestro Belén. Y el principal problema era el nombre que le dábamos a nuestras felicitaciones para ser más inclusivos, más exclusivos, más ateos o más tontos del culo. Que si felices fiestas, feliz Navidad, feliz solsticio,... Respeto casi todas las opciones y creencias pero no tolero imposiciones y que se haga de esta tontería un problema me parece demencial. A continuación, para el puente de diciembre, todo tenía que estar inaugurado, saturado y comprado. Y a lo largo del mes hay que ir a tropecientas comidas de amigos, empresa, clubes o gimnasios, en las que, aparte de su precio excesivo, se puede comer peor que el resto del año porque todo está demasiado desbordado.
De regalos, mejor ni hablar. Ya que teníamos asimilado a Papa Noel, ahora aparecen cabalgatas y papanoeladas varias. Y la novedad cada vez más extendida son los elfos y duendes que circulan por la casa durante todo el mes. Y más regalos. Y gastar y comprar que es lo que interesa.
He disfrutado en carne propia la participación en conciertos, algunos sublimes, con música que eleva el alma, por ejemplo, el Mesías de Georg Friedrich Händel. También he bajado al suelo al ritmo de una pandereta cantando lo más popular. Y hay espacio para todo. Considero loables las iniciativas en las que se funde la música o la cultura en general con la solidaridad pero parece que solo hay que desplegar el buen corazón en este mes. Últimamente veo mucha afición a las zambombas flamencas, muchas veces ligadas a cofradías de Semana Santa. Y entre eso y las procesiones Magnas me confundo y ya no sé en qué época del año estamos. Conozco a gente que critica que los políticos canten villancicos juntos. A mí, más allá de que canten, bailen o den discursos con felicitaciones estándar, lo que me importa es que legislen y actúen siguiendo la Luz de la Navidad.
Por otra parte, vemos a los psicólogos haciendo el agosto dando consejos sobre los propósitos de Año Nuevo, los traumas tras las incómodas o conflictivas reuniones familiares o las alegrías y tristezas de estos días. El dolor de las enfermedades y las pérdidas nos descoloca y no sabemos cómo encajarlo en las piezas del puzzle festivo. Lo vivimos como una tragedia que nos expulsa de la felicidad obligatoria, cuando es una realidad que a todos nos tocará vivir tarde o temprano. Y eso también es Navidad.
La Navidad empieza y termina de forma brusca cuando lo dictan las normas de los mercados que, acto seguido, nos imponen rebajas, devoluciones de regalos, dietas y lunes negro, el día más triste del año, en el que hay que estar compungidos y depresivos porque toda la felicidad de los días anteriores también ha vuelto a la caja como las figuras del Belén.
Sin duda, son fechas de momentos inolvidables pero también nos pretenden imponer costumbres y guiarnos como a las ovejas hacia portales poco saludables. Percibo en todo ello que nos alejamos de la auténtica Navidad, que tan bien nos contaron Dickens o Pedro Antonio de Alarcón en su “Nochebuena del poeta”, entre otros. Y ansío cada vez más unas fiestas con austeridad y serenidad en las que seamos felices sin darnos cuenta, con la rutina de una vida bondadosa sin sobresaltos y llena de pequeños detalles que salen del corazón. Coincido con el novelista británico Edward Morgan Foster que escribió: “Me gusta la Navidad en conjunto… A su torpe manera, acerca la paz y la buena voluntad. Pero es más torpe cada año”.
sábado, 23 de noviembre de 2024
In vino veritas
Accésit X Certamen de Relatos Cortos Cursos UNED Alcalá la Real, Jaén 2024
IN VINO VERITAS
La cata prevista para esa noche no presentaba ningún
atractivo especial. Restaurante tradicional, decoración glamourosa, lámparas de
cristal y asientos palaciegos. Nada nuevo en el último tercio de siglo.
Aunque no me apetecía demasiado contar otra vez mi
historia, la amistad con el sumiller me impedía declinar una invitación que
había agendado muchos meses atrás. Me puse gomina y elegí la camisa blanca de lino
para verme mejor ante el espejo y animarme un poco. Era una de las noches más
esperadas entre los amantes del vino en la elegante ciudad sureña. El boca a
boca, las publicaciones, los premios, otras catas anteriores, … hacían que cada
vez mi presencia tuviera mayor demanda.
El coqueto salón estaba atestado. Desde mi posición,
no podía ver con claridad a todos los expectantes catadores. Ellos estaban
preparados con varias copas, bolígrafo y hoja sobre un pequeño mantelito
individual, ansiosos ante el comienzo de la cata.
Tras las presentaciones habituales, hice un recorrido
por la historia de la bodega. Bueno, realmente, relaté mi historia. Mi infancia
en la sierra, donde mis padres me dejaban cada verano en la venta de mis
abuelos y me recogían dos meses después con muchas magulladuras y algunas
experiencias cruciales a la espalda. El paisaje que me enamoró cuando era un
chaval y al que volví porque tenía las condiciones de temperatura y humedad
idóneas para obtener los mejores vinos. Y además, ¡qué carajo!, era mi pueblo.
Me alargué disertando sobre el proceso de la vendimia,
la fermentación, los análisis enológicos, las variedades, las añadas, las
características organolépticas, la barrica de roble americano, el coupage,… Hablar
de la vendimia me gustaba pero más que contarlo, lo que me encantaba era
vivirlo. Madrugar y amanecer en la viña con todo el despliegue de colores y
sensaciones, ver crecer los primeros sarmientos, el cuidado de las podas, el
abrazo a los troncos retorcidos que me conecta a las raíces, a la tierra, a lo
más profundo de mi ser. Y también los buenos ratos con los hombres, la alegría
del trabajo, las charlas mientras apuntan con los afilados tranchetes en el
sitio exacto y van llenando cajas y espuertas de miles de racimos que después
se convertirán en el jugoso néctar. Los recuerdos con mis abuelos: pisar la uva
en el lagar y ver cómo mis pequeños pies se iban arrugando entre la explosión
de gajos brillantes y pegajosos; el sonido del vino cuando cantaba y
chisporroteaba dentro de la cueva. “Oye, Miguel, oye, está hirviendo el vino”
-me decía mi abuela. Otros días tocaba extraer el mosto, trasegar y demás faenas,
que me envolvían en aromas, olores y sabores que casi me hacían perder el
sentido. Después vinieron los ardientes paseos de enamorados entre las viñas y
sus promesas infinitas.
Al término de mi perorata, se inició la cata y todos
empezaron a mirar, oler y probar los vinos. Observaban el cuerpo del vino, cómo
este se deslizaba en forma de lágrimas por las copas. Aguzaban los sentidos,
comentaban sobre la maduración, el grado de acidez o la concentración de
azúcares, degustaban y tomaban notas sobre la personalidad de los distintos
caldos. Que si afrutado, joven, intenso, madera, espumoso, … Y así, con el ritmo
con que se fueron descorchando botellas y el vino volaba por el decantador, nos
fuimos bebiendo la noche. Pero había en mí una sensación agridulce. Hablar del
pasado me dejaba un regusto amargo. Muchos éxitos y buenos recuerdos pero los
malos pesaban demasiado.
Cuando terminó la cata, algunos se acercaron para despedirse,
felicitarme y hacerme las últimas preguntas, compraron más botellas y se fueron
marchando mientras la embriaguez dejaba un reguero de dulce confusión en el
ambiente.
Por último, se acercó una mujer vestida de rojo. La
había visto a lo lejos, en la penumbra, aunque no me había fijado en ella. Se
acercó con seguridad y con una copa de vino tinto en la mano. El cansancio y el
vino me tenían aturdido. Cuando la reconocí, cuando la delataron sus labios
inconfundibles, ya era demasiado tarde. Sin dejarme tiempo para reaccionar, me
sonrió cínicamente, levantó su copa de vino tinto y, en una décima de segundo,
lanzó su contenido con toda la ira posible sobre mi cara y sobre mi camisa
blanca. Y salió con paso firme del restaurante, dejándome convertido en un
absurdo maniquí marmóreo.
martes, 5 de noviembre de 2024
Cuando Halloween se hizo realidad
CUANDO HALLOWEEN SE HIZO REALIDAD 3.11.2024
Andaba yo cavilando sobre las festividades de estos días y, más fiel a la tradición que a la modernidad, pensaba cómo iba a abominar de los trucos y los tratos, hasta que Halloween se hizo realidad en forma de DANA cambiando esqueletos de plástico y sangre mentida por un diluvio universal acompañado de un terrorífico espectáculo pirotécnico. Los medios nos muestran un escenario dantesco, un amasijo de barro, casas y carreteras destrozadas, coches amontonados y nuevos náufragos a la deriva. Las cifras de los daños y los muertos son escalofriantes.
Pegada a la radio, escucho que en el Congreso de los Diputados han suspendido la sesión en la que iban a discutir, no construir, una vez más y han visto que no era día para eso. ¿Qué harán hoy nuestros diputados? ¿Viajarán a los lugares del desastre? ¿Día libre? ¿Pensarán? ¿Les dolerá?
Horas más tarde, un científico opina que hay partidos que dan la espalda a la ciencia, que la raíz de la intensidad y la frecuencia de los desastres está en el cambio climático, que no tenemos perspectiva frente a los peligros a largo plazo. Es verdad que cada cierto tiempo ocurren catástrofes pero el cambio climático no se fragua en unos días. Son muchos años esquilmando la naturaleza, legislando a favor del dinero que destruye construyendo sin control, como sea y donde sea. ¿Cuántas veces nos tienen que recordar que en ese cauce, rambla,... no se debe construir porque algún día la naturaleza reclamará su territorio? Por las buenas, o como ahora, por las malas.
Y ahora parece que el Mediterráneo es un punto caliente con mucha energía acumulada, el escenario idóneo para la tragedia (dos mil quinientos años después), el Mare Nostrum del que nos hemos apropiado literalmente para sembrarlo de dinero y paraísos artificiales de cemento que ahogan la vida natural, que calientan la temperatura del agua y que terminarán por asfixiarnos si no ponemos coto a este sinsentido.
Hace unos años dio una conferencia en la Región de Murcia el científico Miguel Delibes de Castro, hijo del insigne escritor y amante de la naturaleza. De casta le viene al galgo. Advirtió de la situación inquietante y de la desaparición de especies a un ritmo elevado. Estas fueron algunas de sus palabras: “Sin la naturaleza no vamos a ningún sitio, es un lujo y es necesario conservarla por nuestro propio bien, dependemos de ella más que ella de nosotros”.
Ojalá que se mejoren infraestructuras y protocolos, que tomemos conciencia y abandonemos la inacción por un modelo de vida saludable que nos permita seguir aquí, que las políticas públicas actúen para estar preparados y se minimicen los daños cuando vuelva a ocurrir. Porque volverá.
Respecto a Halloween, me encuentro en una contradicción. Ojalá todos los afectados y fallecidos pudieran estar celebrando esa fiesta o la que hubieran querido. Hay mucha faena por delante y mucho dolor que superar. Este año, con mucha más tristeza, algunos miraremos al cielo y “celebraremos” irremediablemente los Días de Santos y Difuntos.
lunes, 28 de octubre de 2024
El paraíso de la pobreza
EL PARAÍSO DE LA POBREZA 20.10.2024
Hace unos días la Agencia Tributaria ha publicado unos datos sobre los municipios con menor renta de España. De los veinte que aparecen, quince son andaluces, mayoritariamente de la Andalucía Oriental. ¡Ay, mi Andalucía Oriental! Y concretamente cinco, de la provincia de Jaén. A nivel andaluz, también Jaén es la provincia más pobre. Por comunidades, Andalucía y Extremadura son las regiones con las rentas más bajas. Así que ahí estamos, en el fondo del fondo.
Los representantes locales hablan en los medios de falta de inversiones, de malas comunicaciones y éxodo rural que condena a sus pueblos al abandono. También del monocultivo del olivar amenazado por la desertización. Y de paso, le echan la pelota a los de la otra administración, a los del tejado contrario. Ya en el siglo VI a. de C. el filósofo chino Lao Tse se preguntaba: “¿Se podrá amar y gobernar un país sin recurrir a subterfugios o hipocresías?”.
La pobreza económica es, sin duda, uno de los mayores problemas que atenaza a la provincia. Además, nos desangramos con la continua pérdida de población: casi veinte mil personas en los últimos cinco años. Unas cifras que deberían descorazonarnos.
Aparte de la pobreza económica, me preocupa la pobreza cultural, que creo que influye directamente en la primera. Incluso en algunas localidades que aparecen con rentas más altas viven en un erial cultural, de espaldas a su patrimonio y hacinados en el aislamiento mental y en el analfabetismo.
A veces la riqueza económica aporta “calidad de vida” exclusivamente a nivel material. Gran parte de la población desconoce sus raíces, no lee, no crece, no forma parte de ninguna asociación social o cultural, no reivindica mejoras en sus pueblos y vive sumida en la superficialidad de la globalización, las estridencias y el espectáculo barato y de mal gusto.
He constatado cómo en una provincia tan plena de naturaleza, muchos de mis alumnos no conocen espacios naturales de gran valor en su propio pueblo. Sus paseos por el campo llegan solo hasta el cortijo familiar.
Efectivamente, se necesita dinero. Pero también falta trabajo en educación y cultura, en emprendimiento, en imaginación y en amor hacia lo propio. El dinero sin un proyecto, sin consolidar lo exclusivo de cada lugar se evapora con facilidad. Qué buen ejemplo nos han dado nuestras estrellas Michelín ligando el pasado con la modernidad.
He asistido estos días a la feria de turismo Tierra Adentro y al Encuentro de escritores de Jaén. Hay mucha calidad en nuestro paisaje y en nuestro paisanaje. Y seguro que en otros campos ocurre lo mismo. Quizá solo falta creérnoslo, cambiar mentalidades y atavismos, aprender de buenos modelos, unir fuerzas y trabajar en la misma dirección para desterrar la pobreza del paraíso. No solo del paraíso jienense. En estos días de Hispanidad, quizá es una de las mayores enfermades del paraíso español. Me viene a la memoria el dolor por España de los noventayochistas, la imagen machadiana de una España “vieja y tahúr, zaragatera y triste” que no conseguimos erradicar.
sábado, 28 de septiembre de 2024
Pedaleando
Revista "Educando de otra manera" nº 1 IPEP Jaén junio 2024
PEDALEANDO
Escribí un artículo sobre la enseñanza en el IPEP al término del primer trimestre. Y ahora creo que ya tengo el rodaje de casi un curso para valorar con más detalle la enseñanza en este centro.
La mayoría de mis primeras impresiones se han confirmado. Y a lo largo del curso he seguido viendo nervios, preocupación, ilusión, vidas que se hacen y se deshacen con el peso de las cargas familiares o profesionales. He escuchado palabras como: “Tengo el taller a tope”, “Me han cambiado el turno”, “Mi madre con alzheimer”,... He seguido recibiendo mensajes desde la cárcel como: “Muchas gracias por su apoyo, significa mucho para mí”. También ha venido una niña de dos años a recoger a su padre y presentármela este: “Mira, Laura, esta es la profe de papá”.
Hemos vivido muchos exámenes y oportunidades extraordinarias: pruebas libres, exámenes fuera del centro,... Después de un curso de trabajo intenso, han tenido resultados bastante buenos. Conforme iban saliendo notas me iban escribiendo o llamando para decirme con una alegría inmensa que habían aprobado. He escuchado a alumnos balbucear a través del teléfono entre lágrimas y sollozos después de enterarse de un aprobado: “Se lo tenía prometido a mi madre, antes de que se fuera”. Y así día a día he visto cómo iban cerrando cuentas pendientes con ellos y con sus familias y al mismo tiempo, abriéndose paso a la incertidumbre de las posibilidades y sueños futuros.
Algunas de las experiencias novedosas han sido que existe incluso la posibilidad de examinarse en un centro aunque se pertenezca a otra provincia. Pues bien, permitidme una anécdota entrañable. Llegué al examen y en la puerta de la biblioteca había una pareja joven con una bebé de meses en un carrito. Intentaban dormirla para que la madre (matriculada en el IPEP de Almería desde donde nos han mandado el examen y lo corregirán, pero residente en la provincia de Jaén) pudiera hacer el examen con tranquilidad. Empezó el examen y la niña se quedó fuera con el padre pero tiempo después arrancó a llorar desconsoladamente y le pedí a la madre que saliera a coger a la niña. Así que la escena fue de película: una madre joven terminando un examen con su bebé en brazos. Creo que en algún examen posterior tuvo incluso que darle el pecho.
La realidad, más allá de lo sentimental, es que poco a poco han ido despidiéndose y estamos cerrando el curso.
Ha sido mucho lo que he aprendido de ellos. Son un ejemplo de los esfuerzos que hay que hacer para conseguir objetivos. Un ejemplo de que nadie te regala nada en la vida. Y es aquí donde quiero hacer una puntualización.
Es posible que circule la idea de que es muy fácil aprobar en el IPEP, de que las notas se “regalan”… Os voy a contar la realidad que yo he conocido: en el IPEP hay muchísimo alumnado matriculado pero un porcentaje muy bajo es el que sigue el curso con normalidad. Me refiero a asistencia regular, entrega de tareas, realización de exámenes, conexión a la plataforma,... El resto han abandonado o han cambiado el rumbo a lo largo del curso. Es verdad que el alumnado que trabaja día a día suele obtener buenos resultados pero ¡ojo!, no les regalamos la nota, lo que ocurre es que se dejan la piel.
Ahora que se acerca el verano, me vienen a la memoria las retransmisiones del Tour de Francia en los tórridos veranos de mi juventud. Aunque el ciclismo es un deporte solitario y con gran dificultad, entonces yo no podía entender que el equipo apoyara y tirara de un corredor. Y ahora es lo que veo en mis clases a diario. No todos lo consiguen pero sí los que no dejan de pedalear durante todo el año. Cuando pueden, como pueden, a deshoras, a contratiempo, con el viento en contra, con pinchazos,... Muchas veces se genera un buen ambiente en clase que hace que se constituyan en equipo, en red, en amistad, en el impulso que necesitan para coronar el siguiente puerto o el final de etapa. Y así han atravesado el curso. En solitario, en grupo, con nuestra orientación y ayuda, por supuesto,... como supervivientes de sus vidas pero siempre PEDALEANDO.
lunes, 16 de septiembre de 2024
Sabores alcudianeros
SABORES ALCUDIANEROS
Es posible que
cuando leáis estas líneas, recordéis vivencias del pasado, muchas de ellas
relacionadas con las fiestas. También estoy segura de que el programa de Santo
Cristo llegaba o llega a vuestras casas en los mismos días en los que se asan
pimientos, se hace conserva de tomate o sangría de melocotón. Esto último para
alegrarnos un poco más las celebraciones con nuestra familia y amigos.
En
mi caso, además de lo que he mencionado anteriormente, recuerdo a mi familia de
fuera venir durante todo el verano y especialmente en las fiestas de Santo
Cristo. Si les preguntábamos por las comidas que más les apetecían, lo que más
añoraban por esta época era el ajillo o una buena fritada de tomate y pimientos
asados con conejos o pollos caseros. Si eso iba acompañado de los restos de
embutidos que podían quedar por esta época (morcilla, chorizo, lomo de orza,…),
el menú ya era perfecto.
Otra fecha del
verano en la que se disfrutaban estas viandas era en torno al quince de agosto,
en un día de río o día de la Virgen, en el que se cocinaba en una lumbre al
fresco de una alameda. Como dice el refrán popular: “Miel sobre hojuelas”.
Lo
mismo podemos decir de otras celebraciones a lo largo del año. Cualquier
festividad iba acompañada de sus platos típicos. Podemos recordar el olor a
dulces navideños amasados por nuestras madres y abuelas en las panaderías del
pueblo. O las natillas, hojuelas, borrachillos, … que degustábamos en Semana
Santa.
¿Y qué decir
de la matanza? Conocer todo el proceso de curación de los embutidos o aliñar
las masas con los “avíos” (matalahúva, orégano, pimienta, clavo, almendras…)
era un auténtico ritual lleno de sabiduría ancestral y un festival para los
sentidos.
Otras tareas
como hacer vino o queso, que eran muy frecuentes en muchas casas, se han
perdido en apenas una generación.
En
el día a día, todos hemos degustado o hemos oído hablar de manjares como
alimentos, gachas, migas, sopas de pimientos y tomates, tallarines, gazpacho de
pepino, talvinas, rinrán, asado, potaje de castañas o bolones, … Palabras como
“macarros”, “engañifa”, “calostros”, “magrilla” o “el testamento del marrano”
ya son palabras nos llevan a otra época. Son palabras que nuestros abuelos
usaban en su rutina alimentaria, nuestros padres conocían pero usaban menos y
las siguientes generaciones, ni una cosa ni otra.
Seguro
que recordamos el olor de las flores de un sitio, las guindas o las moras de
otro, un parral concreto, aquellas higueras, … Y también ligado a algunos
establecimientos que tenían tapas o bebidas exclusivas. Alguna gente mayor me
ha recordado el sabor inconfundible de las pasas con aguardiente que servía mi
abuelo Chusco en su taberna.
Quizás
a estas alturas del texto, los mayores tengáis la boca hecha agua y mucha
nostalgia y recuerdos acumulados. Y por otra parte, es posible que muchos
jóvenes estén totalmente ajenos a todo lo que estamos recordando.
Es
evidente que en esta sociedad globalizada, compartimos comidas con otras zonas
de España o del mundo, pero también es innegable que tenemos ingredientes
propios, un clima y una ubicación determinada que hace que nuestra tierra
ofrezca productos que a lo largo de la historia se han cocinado o conservado de
forma única. He podido comprobar cómo si nos alejamos unos kilómetros de
nuestra comarca o de nuestra provincia, desaparecen las típicas ristras de
pimientos secos que podemos ver en nuestros pueblos y que dan un sabor tan
característico a nuestros platos. O la tradicional colación con chocolate y
dulces del Viernes Santo que no se celebra en otros pueblos de alrededor.
Con los
productos de proximidad o de kilómetro 0, cultivados de forma ecológica en
nuestra vega (que tienen un sabor mucho más auténtico que lo que compramos en
el supermercado) y con nuestras recetas, en otros sitios, grandes cocineros
hacen alta cocina, mirando hacia su pasado.
Nuestra
gastronomía surge principalmente de la ganadería y de la agricultura, agri y
cultura. Es nuestra forma de ver el mundo, es nuestra historia, es la forma en
la que hemos afrontado la supervivencia de generación en generación a lo largo
de los siglos. Y todo ello es algo exclusivo, nuestro, de igual forma que en
otros lugares tienen otros productos y tradiciones.
Nos
sorprendemos cuando vemos a los británicos tomar embutidos y huevos en opíparos
desayunos. Sin embargo, desconocemos que nuestros abuelos desayunaban gachas y
migas antes de irse a trabajar o que tomaban olla con carne o tocino mientras
estaban segando en el Cerrajón.
Los
niños de hoy son aficionados a programas de televisión sobre cocina pero quizá
no han amasado y aliñado lo suficiente con sus abuelas.
De comidas
hablan los libros de viajes, los libros de historia o las obras literarias.
Nuestro paisano Pedro Antonio de Alarcón recoge en su libro El sombrero de
tres picos los productos que se recogían hace exactamente ciento cincuenta
años y que nos siguen siendo familiares:
lo que daba el tiempo, ora habas verdes, ora cerezas y
guindas, ora lechugas en rama y sin sazonar, que están muy buenas cuando se las
acompaña de macarros de pan de aceite; […], ora melones, ora uvas de aquella
misma parra que les servía de dosel, ora rosetas de maíz, si
era invierno, y castañas asadas, y almendras, y nueces, y de vez en cuando, en
las tardes muy frías, un trago de vino de pulso (dentro ya de la casa y al amor
de la lumbre), a lo que por Pascuas se solía añadir algún pestiño, algún mantecado,
algún rosco o alguna lonja de jamón alpujarreño.
La
gastronomía local es tan patrimonio como un monumento o un acontecimiento
histórico. Y hay unas preguntas que quiero compartir con vosotros: ¿Conocemos
nuestras recetas típicas? ¿Las cocinamos? ¿Están en vías de desaparición? Creo
que es difícil encontrar gente menor de cincuenta años que sepa cocinar
nuestras recetas. Me temo que muchas recetas se han perdido o solo quedan en la
memoria frágil de las abuelas, que guardan esos secretos culinarios y cocinan
para sus familias con mucho amor.
Ya en el siglo
XIX la escritora Emilia Pardo Bazán puso por escrito lo que muchos pensamos:
“Cada nación tiene el deber de conservar lo que la diferencia, lo que forma
parte de su modo de ser peculiar”. Cada nación y cada pueblo. Este abandono,
como ocurre en otros campos, es una pérdida de identidad total, un desprecio a
nuestra cultura, a nuestro patrimonio y a nuestra historia. Está bien estar
abiertos al mestizaje, a otros sabores y costumbres, pero si perdemos lo
nuestro, nadie lo recuperará. Quizá una libreta en mano y una conversación con
las mujeres mayores de nuestro pueblo o de nuestra casa sea el primer paso.
La comida es
compartir, es vivir con nuestra gente, es recordar momentos de disfrute y
encuentro, de infancia y juventud, de fiestas, de risas, de amistad en torno a
una tapa, una comida, un dulce o un vaso de sangría. Que no nos falten esos
momentos donde reside la mayor de las riquezas.
¡Buen
provecho!









































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